He de reconocer que, más allá de la crisis de salud que se ha vivido en el mundo, estos meses, han sido un regalo de la vida. Un tiempo de reflexión, de parar en boxes para recargar, renacer y recrear mi vida.

Atrás ya quedó el ritmo frenético, la acción constante, las planificaciones por años… de repente todo tiene otro sentido, y lo primero es que he aprendido a escucharme a mí misma, a reconciliarme conmigo y con mis circunstancias. He aprendido a tomar decisiones simplificando. Simplificar, simplificar, simplificar.

Como dice Emilio Carrillo: “Necesitar poco y lo poco necesitarlo poco.”

Ha habido tiempo de compartir conversaciones, abrazar el alma aun en distancia con tantas amigas lejanas, mujeres valientes y fuertes que aun con miedo e incertidumbre hemos apostado por seguir avanzando, con confianza y cooperación, creyendo que es posible otra realidad, pero que hemos de crearla juntos.

Es cierto que no todo ha sido maravilloso, pero he decidido quedarme con lo bueno. También hubo sentimientos de dolor, de lágrimas. La distancia y la soledad de nuestros mayores, perder familia y amigos queridos sin poder acompañarles ni mitigar el dolor de los suyos. Los duelos vividos a medias… me pregunto cuántas secuelas dejarán.

Pero lo más importante para mí ha sido reencontrarme con mi hijo, vivir juntos de nuevo por unos días, compartir un vino y una shisha en la terraza improvisada de la solana. Los dos vulnerables, sintiendo que dejábamos atrás para siempre el dolor de otros momentos, que mi mirada siempre le acompaña y que él, ahora, lo siente así y decide ponerse del lado de la vida celebrando su cambio de década, pues ha entrado en los treinta.

¡Gracias por tanto!